miércoles 14 de octubre de 2009

Guayaquil, campeón nacional de selecciones en 1949

Aunque en 1928 se llevó a cabo en el estadio de Puerto Duarte el llamado Campeonato Nacional de Selecciones que fue ganado ampliamente por Guayaquil, esa disputa fue organizada por la Federación Deportiva del Guayas por la posesión del Escudo Cambrian, por lo que oficialmente se considera que el I Campeonato Nacional fue el que organizó la Federación Deportiva Nacional del Ecuador hace 50 años en el viejo Estadio Guayaquil. Fue el 7 de diciembre la inauguración con el enfrentamiento entre Guayas y Pichincha y el de Esmeraldas con Manabí. Los esmeraldeños vencieron sorpresivamente a los manabas y Guayas, favorito para hacerse del título, empató con Pichincha a tres goles en flojo comienzo. Los porteños alinearon a Ignacio Molina; Luís Hungría y Eloy Ronquillo; José Merino (Vicente Aguirre), Arturo Zorro Zambrano (Jorge Peralta) y Luis Antonio Mendoza; Ernesto Cuchucho Cevallos, Alfonso Suárez; Enrique Raymondi, Enrique Gorra de Paco Herrera y Fonfredes Bohórquez. Por los pichinchanos estuvieron Santoliva; Angulo y Contreras; Quiñónez, Carlos Garnica, y Leiva; Delgado, Stacey, Pedro Alcívar, César Garnica y Freire. Los del altiplano se adelantaron con autogol de Ronquillo pero el veloz Gorra de Paco empató con un cabezazo de su especialidad. César Garnica despidió uno de sus famosos "garnicazos" pero Herrera volvió a nivelar el marcador. Carlos Garnica puso el tercero y Cuchucho, de penal, salvó el honor porteño cuando faltaban diez minutos de juego.

Al día siguiente, repuestos de los nervios del debut, los porteños salieron a enfrentar a Esmeraldas, equipo novato pero de arrestos como lo había demostrado ante Manabí. Guayas formó con Molina; Jorge Tolozano Laurido (Ronquillo) y Chocolatín Hungría; Mendoza, Peralta y Chento Aguirre; Cevallos, Saturnino Ortíz (Suárez), Alcívar, José Herrera y Bohórquez. Los esmeraldeños alinearon a Ortíz; Palacios y Echeverría; Tenorio, Barreiro y L. Flor; Jijón, Cortez, Rivero, Madrid y A. Flor. Guayas fue una máquina que arrolló a los norteños. "Jugó como la Academia" dijo Ralph de Campo en El Telégrafo para simbolizar el desempeño armónico, elegante y contundente de los jugadores locales que marcaron nada menos que 14 goles en lo que puede ser la mayor goleada en la historia del fútbol nacional en un encuentro oficial. El extraordinario Marino Alcívar, quien venía de triunfar en el fútbol de Cuba y Colombia, puso seis goles de todas las marcas, uno de ellos luego de seis toques de cabeza con Herrera. Bohórquez y Raymondi anotaron dos tantos cada uno y los restantes los pusieron Alfonso Suárez, y Jorge Peralta. Una sonora salva de aplausos despidió a los guayaquileños que ejecutaron aquella mañana una faena perfecta. En el preliminar, ante el asombro general, Manabí ganó a Pichincha por 3 a 2 y lo dejó fue de opción para la corona.

El 15 de diciembre de 1940 Guayas conquistó el centro nacional de fútbol al derrotar a Manabí por 8 a 0 en otra función de gala de los cracks porteños. Molina, Hungría, Laurido, Merino, Peralta, Mendoza, Cevallos, Suárez, Raymondi, Alcívar y Bohórquez fueron los actores de esa mañana excepcional e inolvidable. Los manabitas alinearon a Vincent; Rodríguez y Viera; Tucker I, Romo Leroux y Tucker II; Palma, Bodero, Cevallos, González y Montalván (Corrales). Eran tiempos en que la sutileza se mezclaba a veces con el bartoleo. Un destacado representante de la elegancia futbolística como fue Jorge Tolozano Laurido salió de su línea y rechazó el balón con violento puntapié. El esférico se elevó y reventó en el aire entre los aplausos del público. El juego se suspendió hasta que llegó el balón de repuesto. Al reinicio Vincent se lució ante tiros de Raymondi y Alcívar. Un tiro de Marino dio en la pierna de Viera y se introdujo en las mallas. Iban 26 minutos. Un minuto después Alcívar volvió a vencer a Vincent y no pasó mucho tiempo cuando un centro de Cevallos provocó un alboroto. Cuando parecía que el arquero manabita iba a controlar el balón surgió como de la nada el Maestro Raymondi para colocar el tercer gol. Otra vez el implacable Marino, a quien el Dr. Francisco Rodríguez en una crónica de El Telégrafo había llamado El apilador endiablado, derrotó a Vicent para llegar a fin de la primera etapa con un 4 a 0 favorable a los porteños. En la segunda etapa dos goles de Cuchucho, uno de Suárez y otro de Alcívar señalaron la diferencia: Guayas 8 - Manabí 0. El coraje y el entusiasmo de los manabas no bastaron para detener a "La Academia" como se bautizó a ese equipo porteño en el que destacaron Hungría y Laurido, impasables; Suárez indetenible con "su juego de cuerpo y su dribling"; Raymondi "con sus voleas impresionantes"; Alcívar "con su contundencia y sus intervenciones veloces" y Cevallos "con sus centros precisos". Fue hace cincuenta años que Guayas reafirmaba su indiscutible supremacía futbolera. Algunos de los actores de ese primer título nacional no están ya entre nosotros. Otros viven aún entre el olvido y algún esporádico recuerdo de sus contemporáneos. Nosotros rescatamos hoy de los viejos diarios la gloria que supieron dar a nuestro deporte los actores de esa gran jornada en que Guayas -Guayaquil- consiguió el título en el I Campeonato Nacional de Fútbol.
(Diciembre 16 de 1990)

Tres grandes cracks del fútbol mundial pasaron por Guayaquil



Algunos respetables memoristas del fútbol como el flamante abogado Luis Armando Pólit no recordaban al uruguayo Ramón Villaverde como refuerzo de Emelec en el encuentro frente a Newell's Old Boys en el que debutó internacionalmente el Loco Balseca y al que hicimos mención el domingo último. Villaverde estaba militando en el Cúcuta Deportivo cuando éste equipo llegó a Guayaquil para enfrentar a Everest es una reunión en la que Barcelona se medía en el cotejo de fondo a Boca Juniors de Cali el 21 de noviembre. Cúcuta fue después a Quito para animar la inauguración del Estadio Olímpico Atahualpa en un gran choque con Río Guayas el 25 de noviembre. Así estaban las cosas cuando llegó a Guayaquil el elenco de Newell's que empató a un gol con Everest y Barcelona en sus dos primeras confrontaciones. El 7 de diciembre se las vio con Emelec que solicitó a Villaverde reforzara su delantera en la que jugaban los hermanos Orlando y Mariano Larraz, el Loco Balseca y Oscar Curcumelli. Emelec presentó la formación que ya citamos en nuestra anterior columna. Newell's presentó al arquero-cantor Julio Elías Mussimessi; Cabrera y Caspirian; Lombardo, Mirelles y Mancini; Vaccaro, Mardiza, Focchi, Ortiguela y Belén. En un gran encuentro Emelec venció a los argentinos por 1 a 0, gol de Orlando Larraz ante jugada magistral de Villaverde. Dejamos constancia de la brillante actuación "eléctrica" para borrar las sospechas de Selim Doumet.

Después de Cúcuta Villaverde pasó en 1953 a Millonarios y de allí se fue en 1954 a Barcelona de España donde deslumbró en una delantera que formaban Segarra, Villaverde, Kubala, Moreno y Manchón. El año de su llegada fue nombrado el mejor jugador extranjero de la liga española. Fue campeón con el Barsa en 1957 y 1958, de la Copa del Generalísimo en 1957, 1959 y 1963 y campeón de la Copa de la UEFA en 1960. Regresó a Guayaquil en 1962 con Barcelona de España para medir al homónimo criollo junto a Luis Cubilla, Cayetano Re, Sandor Kocsis y otras estrellas.

Cuando se habla de los grandes centromedios de todos los tiempos en todo el mundo, siempre habrá que citar a Angel Perucca y Néstor Raúl Rossi. Ambos pasaron brevemente por el fútbol guayaquileño. Precisamente en Newell's surgió Perucca quien causó sensación hasta debutar en la selección de Argentina el 18 de febrero de 1940 ante Brasil en la Copa Roca. Fue en el Sudamericano de 1945 cuando se ganó el apodo que lo hizo universalmente famoso: El Portón de América. En la inolvidable selección de 1947 que ganó el título sudamericano en Guayaquil formó la línea media con Norberto Yácono y Natalio Pescia. En 1952 estaba en El Dorado colombiano formando filas en Universidad de Bogotá que llegaba a Guayaquil para enfrentar a Unión Deportiva Valdez, cuando se anunció la llegada de Huracán de Buenos Aires, rival de Barcelona. Los dirigentes "toreros" pidieron a los bogotanos como refuerzos a los argentinos Vicente Gallina, Oscar Contreras y al extraordinario Angel Perucca. El partido fue en el Capwell el 4 de diciembre de 1952 ante 30 mil personas, la máxima capacidad del estadio. El Idolo del Astillero formó con Bonnard; Sánchez y Benítez (Jurado); Marín, Perucca y Solórzano; Contreras, Gallina (Mocho Rodríguez), Chuchuca, Vargas y Clímaco Cañarte. Por Huracán alinearon Díaz; Romeral y Gaggino; Naya, Romo y Nazionale; el peruano Lazón, Héctor López, otro peruano, Valeriano López, Ricagni y Bediales. Aunque Barcelona perdió 3 a 1 con anotaciones del sensacional Eduardo Ricagni y descuento de Pelusa Vargas, el cotejo fue muy emotivo. Perucca tuvo un accionar maestro y junto a él destacaron Veinte mil Solórzano, Juan Benítez y el juvenil Clímaco Cañarte. Quienes vieron a Perucca no podrán olvidar el señorío y la clase del Portón de América.

La Voz de América era Néstor Raúl Rossi, surgido de las filas de Acasuso, Beccar, Platense y las inferiores de River Plate donde militó con el Muñeco Coll, Alfredo Di Stefano y Amadeo Carrizo. Fue suplente de Perucca en el Sudamericano de 1947 y apareció con la albiceleste en la final contra Uruguay. Fue después a Colombia y formó en Millonarios, uno de los más grandes equipos del mundo a través de la historia. En ese maravilloso diciembre de 1952 se anunció a River Plate, que estaba viviendo un momento excepcional, para enfrentar a Patria. El principal directivo "patricio", Fernando Lebed, tomó contacto con nuestro compatriota Mauro Mórtola, quien estaba en Guayaquil, y consiguió que éste, ex presidente de Millonarios, gestionara la venida de Rossi para reforzar a Patria. El 27 de diciembre arribó Rossi a Guayaquil y el 30 de diciembre se efectuó el partido.

Para no ser irreverentes pónganse de pie para escuchar la alineación de River: Amadeo Carrizo; Alfredo Pérez y Lidoro Soria; Norberto Yácono, Julio Venini y Héctor Ferrari; Santiago Vernazza, Eliseo Prado, Walter Gómez, Angel Labruna y Félix Loustau. Y siga de pie. Por Patria estaban Alfredo Bonnard; Rodolfo Bores y Marcos Cousin )Teodolindo Mourin); Orlando Zambrano, Néstor Raúl Rossi y Rodolfo Salatino (Francisco Croas); Víctor Arteaga, Daniel Pinto, Angel Ceccardi (Hortensio "Patrullero" González), José Vicente Balseca (Felipe Leyton) y Gonzalo Pozo. Ahora siéntense y escuchen. Frente a sus ex compañeros Rossi se agigantó y creó con ese partido una leyenda. Pinto y Arteaga enloquecieron a los argentinos imitando los movimientos de Gómez y Labruna. El Venado Arteaga se mandó un golazo y dejó el balón clavado en la red. Labruna, Loustau y Walter Gómez parecían salidos de un sueño. ¡Qué espectáculo, señores! River iba ganando 3 a 0 y Patria descontó con gol del gran alero quiteño Gonzalo Pozo y luego con aquel tirazo de Arteaga. River terminó arrinconado por un Patria ansioso por el empate que era empujado a gritos y con fútbol magistral por el Narizón Rossi. Un cabezazo de Patrullero fue apenas manoteado por Carrizo y otro misil de Arteaga pasó lamiendo el horizontal. Una multitud aplaudió aquella noche a los actores de uno de los partidos más sensacionales que se recuerden. Esos espectáculos ya no se ven en este fútbol amarrete que mañosamente pervirtieron los directores técnicos, como comentaba hace unos días nuestro colega Jorge Barraza. Por aquí pasaron Ramón Villaverde, Angel Perucca y Néstor Raúl Rossi y dejaron una huella muy profunda en el recuerdo de los aficionados de los tiempos del viejo Estadio Capwell.
(Diciembre 9 de 1990)

Balseca vs. Macías, el más grande duelo de nuestro fútbol


Era un par de muchachitos locos que hacían cualquier diablura con la pelota. Tiempos de canchas de tierra, de sarteneja molida que se llevaba pedazos de piel en cada revolcón. Don Marcos Luzuriaga se deleitaba con los arabescos casi circenses del par de pequeños "orates" de su Huracán. Alguien los vio y se los llevó a Emelec. Llegaron juntos en 1951 y sus destinos fueron diferentes . El un "loco" tenía metido el fútbol en el alma y no lo pudo dejar mas que cuando los músculos empezaron a sentir el esfuerzo. Emigró a los Estados Unidos. Siguió jugando, pero allá no había estadios repletos ni aplausos para sus locuras, ni duelos con rivales linajudos. Marcó toda una época. Hace poco volvió y se vistió de corto para la Cena del Recuerdo. Pensábamos que íbamos a ver un loco con canas o poco pelo. Y nos asombró. Lucía un tinte color charol y el mismo espíritu dicharachero y jovial. La gente no se cansó de aplaudir al celebrado e incomparable Loco José Vicente Balseca. El otro loco que llegó con él a Emelec apareció algunas veces con la blusa "eléctrica", pero el enérgico Don Benjamín (que hoy estará en la gracia de Dios) quería que fuera ingeniero. Fue dejando poco a poco el fútbol por los compases y las reglas de cálculo. Después le dio por el periodismo deportivo y ha sido en este campo una estrella. No sólo por lo que sabe sino por lo que transmite en espíritu y en alma. Un raro periodismo lleno de calidad humana en un ambiente mercantilizado hasta el extremo. La gente no se cansa de escuchar y aplaudir al Loco del Cuarto 13: el querido Arístides Castro Rodríguez.

José Vicente Balseca apareció por primera vez en el Estadio Capwell el 27 de octubre de 1951 ante Río Guayas como reemplazante del delantero argentino Luís Massaroto. El 7 de diciembre debutó internacionalmente ante Newell's Old Boys de Argentina en cotejo que Emelec ganó por 1 a 0. Ese día formaron por los del Astillero Valentín Domínguez; Manuel Collar y Luis Alberto Pérez Luz; Ricardo Chinche Rivero, Héctor Pedemonte y Oscar Luis Carrara; Orlando Larraz, Mariano Larraz, el crack uruguayo Ramón Villaverde que luego deslumbró en el Barcelona de España, Balseca y Oscar Luis Curcumelli. Tenía el Loco apenas 18 años. Estaba destinado a ser centro delantero pero la llegada del Flaco Raffo en 1954 lo llevó a la punta diestra el 4 de septiembre ante Unión Deportiva Valdez. Todas las locuras que había mostrado a ratos en el centro del ataque renacieron al contacto de la raya de cal. Allí empezó a nacer el favoritismo popular.

Un poco más tarde que el Loco Balseca llegó a la gramilla del Capwell un chiquillo nacido en Ancón. Había jugado en el Vasco da Gama de la Liga Norero y en los equipos Temerario y Argentina de la Liga Salem. El recordado Pan de Dulce Aguirre lo llevó a Barcelona en 1951 y con la casaca oro y grana debutó el 1 de noviembre de 1953 en un Clásico que ganó el ídolo por 4 a 1. Había nacido una de las leyendas barcelonesas de todos los tiempos: Luciano Macías Argenzio. En ese partido alineó con Luis Jurado y el Pibe Sánchez y marcó al Cholo Jalón. Fue seleccionado al primer Campeonato Sudamericano Juvenil de Caracas en 1954 e hizo pareja en la zaga con Raúl Arguello. Volvió a Barcelona el 12 de febrero de ese año para un amistoso con San Lorenzo de Quito y fue afirmándose poco a poco en la titularidad y ganándose el respeto de la parcialidad "torera".

Cuando Valdez fue proclamado campeón de 1954, Patria, Barcelona, Everest y Emelec organizaron un cuadrangular amistoso. El 27 de noviembre se enfrentaron los hermanos de barrio. Barcelona alineó en la defensa a Miguel Esteves, el Pibe Sánchez y Luciano Macías. Emelec puso en la delantera a Balseca, Júpiter Miranda, Raffo, Mariano Larraz y Eduardo Guzmán. Fue la primera vez que Balseca y Macías se vieron frente a frente. El duelo que protagonizaron no escapó al ojo avizor de un periodista muy perspicaz como Ralph del Campo quien comentó al día siguiente la especial porfía sostenida por los dos muchachos porteños. El Loco finteaba, amagaba, corría, frenaba en seco e inventaba firuletes que hacían delirar a la tribuna. Al pie suyo, marcándolo sin respiro, buscando impedirle sus genialidades estaba siempre el Pollo Macías. Cada uno con su barra propia. En las esquinas de Guayaquil se daba luego el veredicto sobre el ganador del duelo en arduas discusiones. Y eran discusiones que terminaban a veces a quiño limpio porque cada uno tenía sus fanáticos a muerte. Doce años después del primer choque el Loco Balseca se fue. Luciano siguió hasta 1972 en que se despidió entre el aplauso y el cariño del público que llegó el Estadio Modelo Guayaquil para decirles adiós a dos cracks sin parangón: Luciano Macías y Vicente Lecaro.

Fue una época romántica que no volverá a vivirse aquella del duelo más famoso de la historia de nuestro fútbol: el de Balseca y Macías. No importa cuántas veces ganó cada uno. Siempre salimos ganadores nosotros, los que los vimos en toda su dimensión de legendarios actores del más bello espectáculo: el fútbol. El progreso nos jugó una mala pasada porque el video no había sido inventado todavía y nadie filmaba los partidos. Por ello el duelo entre el marcador y el puntero es hoy sólo remembranza buena para destapar un "scotch" en noches de nostalgia y bohemia futbolera.
(Diciembre 2 de 1990)

Unión Deportiva Valdez, campeón hace 37 años

Hace 37 años se proclamó campeón del fútbol del Guayas uno de los equipos que más se recuerdan de los viejos tiempos del Estadio Capwell: Unión Deportiva Valdez. Había sido ya campeón en el Ascenso en 1951 y quinto en el segundo torneo profesional de la Asociación de Fútbol del Guayas en 1952. Para 1953 su propulsor, el Ing. Edmundo Valdez Murillo, llevó al equipo al mejor arquero ecuatoriano de todos los tiempos: Alfredo Bonnard. Con él llegó el entrenador argentino de la selección nacional al Sudamericano de 1953, Gregorio Esperón. Había que reforzar el equipo en todas sus líneas y Esperón pidió a uno de los grandes zagueros extranjeros de todos los tiempos, Eduardo Tano Spandre, quien tenía la misión de alternar con Honorato Gonzabay antes que fuera el inolvidable Mariscal de la suprema elegancia defensiva. José Almeida, ambateño, fue confirmado como emergente de Bonnard. Se inició así el trabajo de Esperón que empezó a dar sus frutos. Leonardo Mondragón fue confirmado como el acompañante perfecto en la zaga junto a Gastón Canilla Navarro. Carlos Serrado se reveló como un jugador versátil en el año de su consagración. Julio Caisaguano fue redondeando una actuación que lo convertiría en un crack en el mediocampo junto a un jovencito milagrero con notoria tendencia al sobrepeso que se adueñó del puesto que en 1952 había sido del argentino Jorge Caruso: Segundo Viteri. Para la delantera Esperón contaba con un jugador cerebral y efectivo como el peruano Jorge Otoya, dos potentes y oportunos artilleros en Fausto Villacís y Francisco Rengifo, aleros hábiles y gambeteadores como Wacho Guerrero, Antonio Alume y Carlos Rivas. A todo esto se agregó la afirmación de un delantero de armado, impetuoso y goleador, como Carlos Altamirano, al que apodaron Titán por su vigoroso empuje, y la realización futbolística de alguien que venía insinuando un gran proyecto de crack: Carlos Cañola, bueno para romper todos los esquemas por su despliegue en el campo, su dribling endemoniado y su oportunismo.

Con ese plantel, al que se sumaron en esporádicas apariciones los argentinos Juan Deleva y Oscar Luís Carrara, ex Río Guayas, Valdez debutó el 21 de junio de 1953, en la iniciación del torneo profesional, ante Barcelona que venía de ganar a Millonarios de Bogotá el 8 de abril y de empatar cuatro días después con Deportivo Cali del Muñeco Coll y Alejandro Mur. Los milagreños alinearon a Bonnard; Gonzabay y Mondragón; Navarro (Jaime Orozco), Serrado y Caisaguano; Antonio Alume, Otoya, Villacís (Cañola), Altamirano y Rivas. Barcelona puso a Jorge Delgado; Carlos Sánchez y Juan Benítez; Galo Solís, Carlos Alume y César Solórzano; José Jiménez (Jorge Rodríguez), Enrique Cantos, Sigifredo Chuchuca, José Pelusa Vargas y Clímaco Cañarte. Fausto Villacís puso el primer gol a los 4 minutos y empató Carlos Alume antes de la conclusión del primer tiempo. Cañola ingresó para la segunda fracción y allí encontró Esperón el arma infalible que le serviría para lograr el título. El pequeño y vivaz esmeraldeño madrugó dos veces a la defensa “torera” para elevar el marcador a los 10 y 12 minutos. Titán colocó el cuarto y Chuchuca descontó para un 4 a 2 sorprendente que se iba a repetir en la segunda vuelta.

Valdez fue líder en la primera y segunda vuelta y así llegó a la rueda decisiva. El 21 de noviembre, en la apertura, le puso cuatro goles al Everest. El 26 llegó al Capwell acompañado de una bulliciosa barra que comandaban Manolín y Gabucho Murillo para medir con Emelec. Bonnard; Spandre y Mondragón; Navarro, Viteri y Caisaguano; Guerrero, Otoya, Rengifo, Altamirano y Alume formaron por los milagreros. Vásquez; Guamán Castillo, Eladio Leiss y Chompi Henríquez; Bolívar Herrera y Ricardo Chinche Rivero; Cristóbal Cholo Jalón, Mariano Larraz, Carlos Romero, Júpiter Miranda y Humberto Suárez alinearon por los “eléctricos”. Antes de los 20 minutos ya ganaba Emelec con goles de Jalón y Herrera. El ansiado título parecía peligrar. En el segundo tiempo se produjo el ingreso de Cañola y una vez más cambió la faz del partido. Un centro del esmeraldeño, cabezazo de Otoya y certero remate de Alume produjeron el primer gol. El incansable Otoya burló a Leiss y venció a Vásquez. Valdez había empatado el encuentro. Cuando faltaban 7 minutos para el final Otoya sorprendió adelantada a la defensa y puso el gol de la victoria.

El 28 de noviembre Valdez se proclamó campeón al empatar a cero con Barcelona. Formaron en ese partido Bonnard; Spandre y Mondragón; Navarro, Viteri (Serrado) y Caisaguano; Guerrero (Cañola), Otoya, Rengifo, Altamirano y Alume. Por los del Astillero estuvieron Delgado; Heráclides Marín y Sánchez; Solís, Alume y Solórzano; Rodríguez, Cantos, Chuchuca, Vargas y Clímaco Cañarte. Fue un bronco partido en el que Valdez demostró una gran disciplina de juego. Cuando se dio el pitazo final que consagraba a Valdez campeón indiscutido de 1953 dos hombres fueron levantados en andas por los jugadores: Edmundo Valdez Murillo y Gregorio Esperón. Veintitrés años después de haberse convertido en Unión Deportiva Valdez llegaba el ansiado título para el que una vez había sido el modesto equipito obrero “Enrique Valdez Concha”.
(Noviembre 25 de 1990)

Clásicos inolvidables en el Capwell

Aunque la inusitada frecuencia de los Clásicos en esta temporada hace temer a nuestros lectores un agotamiento del material histórico, el choque apasionante siempre dará que hablar cuando faltan tres años para el cincuentenario. Uno de los actores más renombrados desde el nacimiento de los Clásicos fue el popular Galo Papa Chola Solís, un gran “half” de Barcelona que pasó a la historia no sólo por su clase sino también por haber sido el primer jugador “torero” en ser transferido a Emelec. La parcialidad del Idolo no le perdonó la “traición”. El 20 de julio de 1954 actuó en su primer Clásico con la camiseta “eléctrica” y el público de la general le gritó de todo. Ese encuentro es uno de los más brillantes que se recuerden, con un sensacional duelo de barras y el arbitraje de Jorge Laurido. Barcelona alineó con Pablo Ansaldo, juvenil arquero que se había ganado la titularidad el 16 de junio ante los ingleses de Charlton Athletic; Miguel Esteves, Carlos Pibe Sánchez y Luís Jurado; Carlos Alume y César Solórzano; Camilo Andrade, Enrique Cantos (José Vargas). Sigifredo Chuchuca, Isidro Matute y Simón Cañarte. Emelec formó con Vásquez; Jaime Ubilla, Eladio Leiss y Alfredo Morán; Galo Solís y Bolívar Herrera; Carlos Romero, Júpiter Miranda, Humberto Suárez Rizzo improvisado como centro atacante y reemplazado luego por Ricardo Chinche Rivero, Mariano Larraz y Eduardo Bomba Atómica Guzmán. Barcelona dominó los primeros quince minutos pero pronto se zafó Emelec del asedio. A los 20 minutos, en un ataque a fondo, Jurado rechazó y el baló lo tomó Guzmán para enviar un “bombazo” de fuera del área y vencer a Ansaldo. Fue uno de los disparos más potentes que se recuerden en la historia del Capwell. Barcelona sintió el aguijón y se volcó al ataque. A los 30 minutos Cantos cedió a Matute quien avanzó corto trecho y devolvió a Pajarito cuyo tiro se estrelló en el cuerpo de Leiss. Simón Cañarte que rondaba el área empalmó un cañonazo que no tuvo nada que envidiar al de Guzmán, para emparejar la pizarra. La segunda etapa ganó en movilidad y calidad. A los 3 minutos Camilo Andrade vio que Chuchuca entraba a velocidad y le puso un “banquete”. Leiss, desesperado, tomó del pantalón al Cholo y lo desvistió. El árbitro señaló el penal que, efectivado por Matute, puso el 2 a 1. El juego se tornó emocionante. Vásquez, Solís y Herrera destacaban en Emelec. En Barcelona brillaban Solórzano, Alume y Ansaldo quien sacó del ángulo un tiro de Guzmán que se colaba en su puerta. A los 70 minutos Solís puso un balón a Romero, quien alargó para Miranda. Desde la zurda Júpiter puso otro taponazo con efecto que, ayudado por el viento, burló a Pablo Ansaldo para marcar el empate. Hubo júbilo en el sector azul y plomo de las graderías pero el marcador no subió y señaló el final para un gran empate.

El 4 de diciembre de 1954 se jugó el tercer Clásico de esa temporada en un cuadrangular extra campeonato. Barcelona alineó a Ansaldo; Esteves, Sánchez y Macías; Vargas (Mario Zambrano) y Bolívar Sánchez (Alume); Rodríguez, Cantos, Chalo Salcedo, Simón Cañarte y Clímaco Cañarte. Emelec se presentó con Vásquez; Ubilla, Leiss y Raúl Arguello; Herrera y Chinche Rivero; Balseca, Miranda, Raffo, Mariano Larraz y Guzmán (Romero); “Fue una fogosa contienda” dijo El Universo al siguiente día. A los 2 minutos un rechazo de la zaga fue aprovechado por Simón Cañarte quien, con violento disparo, puso el primer tanto. Barcelona fue superior en toda la primera etapa y gran parte de la segunda. Leiss se complementaba bien con sus jóvenes compañeros para frenar el hábil pero improductivo ataque de Barcelona. Pero hubo un hecho trascendente: ese día nació el duelo entre Balseca y Macías. Cuando faltaban 10 minutos Larraz se escurrió de la marca de Alume y puso el empate. Había desconcierto en la barra de Barcelona. Pero eso no fue todo. A siete minutos del final el temible Flaco Raffo dio un vuelco sensacional al partido cuando en un centro se adelantó a Pablo Ansaldo y con certero cabezazo puso el 2 a 1. Emelec vencía así en un gran clásico.

El 31 de julio de 1955 se produjo uno de los más apasionante choques entre “los hermanos de barrio”. Matices electrizantes tuvieron en vilo al público durante los 90 minutos de juego. Goles de gran factura y constantes alternativas en el marcador pusieron un sello sensacional a ese cotejo. Formaron por Barcelona Ansaldo (Delgado); Jurado, Sánchez y Macías; Vargas (Zambrano) y Alume; Salcedo, Cantos, Chuchuca, Simón Cañarte y Clímaco Cañarte. En Emelec alinearon Cipriano Yulee; Ubilla, Arguello y Rivero; Solís y Herrera; Balseca, Mariano Larraz, Raffo, Jorge Pibe Larraz (Eduardo Guzmán) y Júpiter Miranda. A los 2 minutos Jorge Larraz anotó ante una indecisión de la zaga “torera”. A los 9 minutos un violento tiro de Simón Cañarte provocó un lanzamiento de esquina. Lo cobró Clímaco y Chalo Salcedo, con espectacular remate, empató el partido. Siete minutos después una falta de Alume fue cobrada por Mariano Larraz con pelotazo que pasó sobre la barrera para que Júpiter rematara y pusiera el 2 a 1. Poco rato después los ataques barcelonistas provocaron dos tiros de esquina seguidos. En el último, Clímaco cobró desde la esquina y el esférico sobró a Yulee. Salcedo entró como una exhalación y con el pecho introdujo el cuero en las mallas para colocar el empate. Barcelona dominaba en el campo de juego. Surgió entonces la figura de Chuchuca como una pesadilla para la defensa rival. Simón Cañarte recibió de Cantos y retrasó el balón para el Cholo que con soberbio disparo puso por primera vez en ventaja a Barcelona. No se habían apagado las exclamaciones jubilosas cuando Chuchuca fue habilitado por Salcedo con un centro rasante y anotó un golazo para el 4 a 2. Los 22 jugadores fueron despedidos con una ovación por el público que repletaba las graderías del Capwell. El segundo tiempo fue inolvidable por la velocidad y las artísticas combinaciones de los jugadores. Vargas dominaba el medio campo y a su lado descollaban Pacharaca Alume y “el chiquito Macías” como llamó El Telégrafo al excelente marcador lateral. A los 80 minutos Cantos llevó una lucida carga y puso en acción a Clímaco quien alargó el esférico para su hermano Simón. El gran artillero barcelonés, desde 30 metros, empalmó un misil para poner el 5 a 2. En el minuto 90 hubo un penal a favor de Emelec que lo ejecutó Mariano Larraz pero el balón dio en el vertical derecho y se perdió la oportunidad de acortar cifras para los “eléctricos”. El público de pie, batiendo palmas, despidió a los actores que habían protagonizado uno de los Clásicos que más se recuerdan en los anales del fútbol porteño.
(Noviembre 18 de 1990)

Lo que debemos a la Asociación de Empleados

El próximo 15 cumple 87 años de fundada la Asociación de Empleados que nació en asamblea celebrada en el Teatro Olmedo a impulsos de ese gran visionario que fue don Obdulio Drouet. Muchos se preguntarán que tiene que ver el nacimiento de esta institución con el deporte y nosotros pasamos a contestar la inquietud. Es cierto que el moderno deporte nació en nuestro país con la fundación del Club Sport Guayaquil en abril de 1899. Allí empezó la práctica del fútbol, béisbol, tenis, cricket, etc. En 1902 nació el Club Sport Ecuador, el primero de dedicación exclusiva al fútbol, y en 1905 los clubes 24 de Mayo, Abdón Calderón, Universitario y Santiago. Hasta esos años el fútbol se practicaba solamente en encuentros amistosos entre oncenas de los propios clubes, además de “los juegos de pelota entre la gente del pueblo” en la Plaza Abdón Calderón, más tarde Plaza de la Victoria, como anunciaban los diarios de la época. En 1905 nació en el seno de la Asociación de Empleados el llamado Centro Deportivo de esa entidad y es entonces cuando se produjo el auténtico surgimiento de deporte guayaquileño. El ticket y la pelota vasca en el frontón “Betty Jay” tomaron un auge inusitado. En 1907 llegó a Guayaquil procedente de París Manuel Seminario Sáenz de Tejada y se produjo una revolución en nuestro deporte. Afiliado de inmediato al Centro Deportivo de la Asociación, Seminario provocó la resurrección del Club Sport Guayaquil y el Club Sport Ecuador, alentó el nacimiento del club Libertador Bolívar formado por los marinos de ese buque de la Armada Nacional y condujo la fusión del 24 de mayo y el Calderón que pasaron a formar el Club Sport Unión de gran papel en los primeros años del siglo. En 8 de agosto de 1908 Seminario organizó el equipo de fútbol de la Asociación y ayudó a fundar el Sucre y el Vicente Rocafuerte.

Como jugador y director técnico del “team” de la Asociación de Empleados Seminario reclutó a los mejores jugadores de la ciudad y el 6 de septiembre de 1908, en el debut, su equipo venció al Libertador Bolívar por 2 a 1 en la Plaza del Progreso, donde luego se instaló el Parque Chile. Estuvieron en esa primera presentación Alfredo Cartwright, Manuel Seminario, Jacinto Reyes Saona, Julio von Buchwald, Julio Básconez, Antonio Baudino, Manuel Silva, Enrique y Ernesto Baquerizo, Carlos y Rodrigo Arrarte. En el antiguo hipódromo de la calle Chimborazo la Asociación habilitó la primera cancha de fútbol y se allí se jugó, bajo su organización, el primer torneo en Guayaquil para disputar una copa donada por el Comité 18 de Septiembre en homenaje a la independencia de Chile. Seminario formó tres equipos de la Asociación y su primer “team” tuvo una dura disputa con el Libertador Bolívar, Unión y Guayaquil. En octubre de 1908 la Asociación organizó otro torneo para disputar el llamado Escudo Municipal. Para ese mes se había producido ya el desangre del plantel de la Asociación pues el Guayaquil y el Ecuador se habían llevado los mejores jugadores. Seminario no se arredró y presentó un novel equipo con Cosme Resella, Carlos Oberti, Luís Palomeque, Raúl Salcedo, Jacinto Gutiérrez, Vicente Ferrés, Orestes Torres, Teófilo Fuentes, Rosendo Alarcón, Manuel Silva, Clemente Fabre y Esteban Cordero. Este joven conjunto logró vencer a Rocafuerte, Universitario y Unión. En los años siguientes Asociación de Empleados, Ecuador y Guayaquil protagonizaron reñidos duelos gracias a los cuales el fútbol prendió definitivamente en la ciudad.

Pero no sólo fue el fútbol la preocupación del Centro Deportivo de la Asociación. En su seno, en 1908, nació el atletismo reglamentado con carreras que se celebraron el 12 de octubre y en las que fueron triunfadores Manuel Silva, Carlos Oberti, Pedro Pablo López, Orestes Torres, Jacinto Reyes y Segundo Amador. Ese día se celebró también el primer torneo de boxeo en nuestra ciudad, en el que vencieron Cosme Renella, Sebastián Pozo, Tomás Solórzano, Emilio Cañizares, Manuel Torres y Manuel Silva. Ese mismo año contrató profesores de esgrima y ejercicios militares, siendo estos el italiano Duilio Botti y los nacionales Rubén Palacios y Luís Vargas que había pertenecido a la Escuela Militar. De sus filas surgió la primera deportista ecuatoriana: la esgrimista Carmen Cornejo de Botti quien se presentó en público para desafiar en florete y espada sable al alférez Luís A. Paredes el 18 de noviembre de 1908. En 1909 ya se habían incorporado al Centro Deportivo nuevas actividades. El 10 de octubre organizó la primera prueba de ciclismo en ruta Pascuales-Guayaquil en la que vencieron Antonio Raymondi, Antonio Baudino y Atilio Cavanna. Para festejar sus seis años de fundación hubo un programa de atletismo. Allí nacieron los “saltos largo con vuelo y a pie firme” en los que vencieron Francisco Llaguno y Celso Lavayen y los lanzamientos de peso en los que Eladio Auz lanzó la bala de 15 libras a ocho metros de distancia. Otros deportes que nacieron ese día fueron el “levantamiento de peso” en el que triunfó Salvador Encalada que elevó a la altura de su cabeza una “palanqueta” de 120 libras y la lucha grecorromana en la que se midieron en apasionantes encuentros Luís Palomeque, Cosme Renella, Manuel Seminario y Antonio Baudino.

La contribución de la Asociación de Empleados al deporte guayaquileño es impagable y por eso la recordamos hoy. En sus salones y con su apoyo nació en mayo de 1911 la Liga Deportiva Guayaquil, primera entidad en el Ecuador que agrupaba a todos los deportes. Luego propició la creación, en 1915, de la Asociación de Foot Ball, pionera de las organizaciones futbolísticas. Gracias a su entusiasmo y cooperación se creó el 25 de julio de 1922 la Federación Deportiva Guayaquil, cuyo nombre se cambió dos años más tarde por el de Federación Deportiva del Guayas que perdura hasta hoy. Cuando se introdujo en 1924 el baloncesto en nuestro medio fueron sus canchas y sus hombres los que más bregaron por la instauración definitiva de este deporte. En 1925 surgió de sus filas uno de los más recordados equipos, Vanguardia Deportiva, campeón guayaquileño en varias temporadas en la década de los años 30. Por él pasaron grandes canasteros: Víctor Peñaherrera, Otto y Guillermo Esteves, Gabriel Capobianco, Carlos Robles, Julio Maridueña, Carlos Cruz, Carlos Constante y muchos más. Para Vanguardia y la Asociación fue memorable la victoria obtenida en diciembre de 1934 ante el poderoso Flecha, de Lima. Hasta hace algunos años todavía bregaba la Asociación en el deporte con un equipo de fútbol que comandaba don Menandro Sánchez y del que salieron Enrique Raymondi y Julio Viera, entre otros varios jugadores de la primera serie. Desde su nacimiento en 1903 la Asociación de Empleados fue un vigoroso sostén del crecimiento deportivo guayaquileño y nacional. Por ello le dedicamos nuestra columna hoy, cuando está próxima a cumplir 87 años.
(Noviembre 11 de 1990)

Los grandes ausentes de los Clásicos del Astillero

El Clásico será siempre propicio para una cita con la nostalgia. Porque algunos nacimos a la pasión futbolera en los viejos tablones del Estadio Capwell y podemos decir como Alfredo Di Stefano: “Aquel fútbol que ví de pibe de era hermoso, fuerte fino. Tenía que ver con el arte”. De los que hicieron ese fútbol y animaron los Clásicos, uno no están más en este mundo, aunque viven eternamente en la memoria de los que los vimos en la plenitud de su clase. Para nosotros fue un ídolo Jorge Cantos Guerrero, aquel muchacho porteño que surgió en el viejo local de LDE en la calle Luque como basquetbolista y aprendiz de boxeador. De allí pasó al Panamá reclutado por ese sagaz buscador de estrellas que fue Dantón Marriott y se encontró con una pandilla de “tocadores de balón”: Angel Isidoro Chévez, Fausto Montalván, Manuel Valle, Galo Solís, Nelson Lara, entre otros. Federico Muñoz Medina se los llevó al Barcelona y allí la dimensión de Jorge Cantos creció como la espuma. Hacía de cada jugada suya una lección de fútbol bello y positivo. Le sobraban coraje y valentía. Néstor Raúl Rossi lo supo aquella noche de agosto de 1949 cuando Barcelona venció a Millonarios de Bogotá. El Narizón tenía fama de bravo y se las tomó con el diminuto Enrique, hermano de Jorge, que había empezado a bailarlo. Ya iba por el tercer trancazo cuando se encontró con Jorge Cantos, en aquel tiempo reputado, junto a Miguelón Carbo, como “el mejor trompón de Guayaquil”. Se dieron de lo lindo. Antes de terminar el primer tiempo, en un choque, Jorge le fue dando en los tobillos al gigantón argentino que cayó al césped. Allí lo cambiaron porque jugaba al filo de la expulsión. Fue uno de los que edificó la idolatría del Barcelona actual y nadie ha olvidado su talento y su bravura. Emilio Lafferranderie (El Veco) dijo de un futbolista argentino lo que hoy podemos decir del inolvidable Jorge Cantos: “Parecía jugar de frac. Le pegaba a la pelota pidiendo perdón para dejarla en los pies de otro compañero sin efectos raros. Como una paloma muerta, lista para leer todas las inscripciones que tenía en su redondez”.

Cuando se encendió la pugna entre los hermanos de barrio, Emelec reforzó su zaga trayendo de Argentina para que haga pareja con el uruguayo Luís Alberto Pérez Luz, a un espigado y elegante back central: Eladio Leiss. Fue en 1950 y el gaucho cumplió una gran temporada. En 1951 se fue a Universidad Católica de Chile con su compatriota Atilio Tettamanti y allí encontraron a otros dos paisanos suyos: Federico Monestés y el inmenso José Manuel Charro Moreno. Emelec lo trajo de vuelta en 19153 y lo plantó junto a otra celebridad: Chompi Henríquez. Jugó varias temporadas descollando en una época de grandes backs: Enrique Flores, Carlos Pibe Sánchez, Eduardo Tano Spandre, Honorato Mariscal Gonzabay, Luís Patón Alvarado y Carlos Castillo. A su lado surgieron dos jóvenes que hicieron historia en Emelec: Jaime Ubilla y Raúl Arguello. Fue un crack y un caballero del césped y fuera de él. Dejó un gran recuerdo.

Cuando Jorge Cantos abandonó el campo de juego frente a Millonarios, lo reemplazó un joven jugador llegado de Bahía de Caráquez en mayo de 1947, procedente de la famosa selección de Manabí que preparó el uruguayo Angel García Valente: Heráclides Marín Barreiro. Temperamental y técnico, Marín tomó la posta de Cantos y obligó a Rossi a que se tranquilizara. Fue seleccionado nacional en 1949 y 1953. Reforzó al recordado Río Guayas el 29 de marzo de 1952 cuando el campeón de Guayaquil midió en gran partido al Deportivo Cali de Feliciani, Cozsenza, el Muñeco Coll y Alejandro Mur en uno de los momentos más bellos del fútbol ofensivo. Estuvo el 21 de mayo del mismo año en la revancha con Millonarios y formó la línea media con los argentinos Héctor Pedemonte y Jorge Caruso para otra gran victoria de los “toreros” por 1 a 0. Río Guayas lo llevó de refuerzo a Colombia y allí alineó como volante con César Solórzano y Oscar Luís Carrara el 8 de abril de 1952 el en último encuentro que jugó Río Guayas, contribuyendo a la victoria ante el América de Cali por 2 a 0. Murió tempranamente en 1961 en un accidente de carretera.

Cuando la memoria “eléctrica” se tiñe de saudades viene al recuerdo el argentino Henry Magri, quien llegó en 1962 para sumarse al “Ballet Azul” de don Fernando Paternoster. Formó parte de un equipo de endiablado toque, el de Orlando Zambrano, Octavio Trillini, Felipe Mina, Walter Arellano, Carlos Pineda, el Loco Balseca, el Pibe Bolaños, el Flaco Raffo, el Maestrito Raymondi, el Pibe Ortega, Juanito Moscol, con Manolo Ordeñana y Ramón Maggereger en el pórtico. Hizo pareja con Carlos Pineda y tocaba el balón con una finura y una delicadeza incomparables. Volvió muchos años después a Guayaquil a dirigir una escuela de fútbol y retornó a Argentina, de donde nos vino la noticia de su muerte repentina.

Envuelto en un drama que no merecía por su sencillez y su historia de hombre de bien, murió hace poco en su Asunción natal Ramón Maggereger, aquel gran arquero que formó en el “Ballet Azul”. Había estado en Nacional de su ciudad natal y en la selección de Paraguay que participó en la Copa del Mundo 1958. De mediana estatura y fornido, era una garantía en el arco emelecista. La gente de las graderías lo bautizó como El Candado e iba a ver en los Clásicos el más sonado duelo de arqueros de la historia de nuestro fútbol: El Candado Maggereger ante el Pez Volador Helinho. Ellos solos llenaban estadios. Nadie sabe que pasó en su mente y en su vida. Murió de una manera triste, en medio del abandono de sus compatriotas, de los dirigentes de los clubes y de la Federación de Fútbol del Paraguay.

Hoy Jorge Cantos, Eladio Leiss, Heráclides Marín, Henry Magri y Ramón Maggereger ya no están con nosotros y muchos los han olvidado. Eduardo Perimbelli dijo en El Gráfico hace muchos años: “El tiempo suele rozar injusticias. Pero la historia tiene a mano a la estadística para ayudar a no cometerlas. En ella descansan, entre años y vivencias, hombres sepultados, escondidos, disfrazados de olvidos. Pero vuelven siempre”.
(Noviembre 4 de 1990)